UMATURKO
Viajar hacia los seductores pueblos del distrito de Circa implica dejar atrás el asfalto en Yaca y aventurarse por la trocha carrozable que serpentea hasta Chuquibambilla. La carretera pasa primero por Ocobamba. Luego de diez minutos, desde el ramal a Circa, por la derecha, sigue el murmullo del río, llega a Kesari, Taqaqa y Tamburki, pueblos de gente hacendosa. Siguiendo la ruta, tras cuarenta minutos de ascenso, se despliega un espectáculo natural, capaz de robar el aliento: las cataratas de Umaturko, en Pampaqawana. Si el viajero decide continuar hacia Chuquibambilla, la capital de la provincia vecina, antes de descender, en el abra, se puede aparcar el vehículo a un costado de la vía y salir a erigir una saywa . También yo dejé allí mi saywa, con la secreta esperanza de volver. El abra está custodiada por serios y hieráticos apus, montañas negras y grises, castigadas por los fulminantes rayos. Pero volvamos a Umaturko, el corazón de la comarca de Pampaqawana, donde la naturaleza, en tiempo de lluvias, ofrece al visitante una visión de cascadas imponentes. Para llegar a esta maravilla, hay que dejar el vehículo al borde de la carretera y caminar. Luego de quince minutos, se llega a una breve ensenada salpicada de humedales y movedizos lodazales. En los meandros cristalinos, se ven esquivas y salmonadas truchas, maestras en ignorar sedales y anzuelos. A medida que uno se acerca a las cascadas, desaparecen los meandros y el terreno se vuelve firme. Ahora que es tiempo de lluvias, la montaña se ha convertido en un prodigioso surtidor de siete cascadas que manan desde la roca viva. Los chorros de agua ofrecen un hermoso espectáculo que, al capricho del viento y en juego con los rayos solares, regalan efímeras pinturas de arcoíris... Hace veinte años, con un grupo de amigos nos aventuramos a conocer este bonito paraje, recuerdo vivamente que al aproximarnos a la base de las caídas fuimos empapados por aquella ducha natural. En los meandros más pequeños, vimos truchas que, con agilidad sorprendente pasaban de una poza a otra. Sin creer que podría capturarlas, me eché de panza, con cautela, deslicé mi mano por debajo de las champas. Al ser tocada, la primera trucha apenas ofreció resistencia. Palpar sus agallas y asegurarla fue todo uno; al instante, la tenía fuera del agua, coleteando vivazmente. En las pozas más grandes, sin embargo, la tarea era imposible; allí, con su aguda visión, las truchas detectaban cualquier intento de aproximación y se escondían de nosotros, sus depredadores. En Umaturko, algunas truchas, las de las aguas amplias, poseían visión panorámica. Otras, en cambio, las que crecían en la quietud de las pozas pequeñas, carecían de esa "visión de conjunto". A éstas últimas, el hábitat cerrado no las había preparado para los desafíos. Quizás la tranquilidad de su pequeño mundo las había adormecido, haciéndolas presas fáciles de ser capturadas. A los seres humanos nos ocurre algo similar. A veces, estamos encerrados en nuestro pequeño mundo, en nuestro pequeño cuarto oscuro. Encerrados en esa cápsula existencial, no nos entrenamos para encarar los desafíos del mundo, cada vez más competitivo. En efecto, cuando todo se nos da servido, cuando la comodidad nos ahorra el esfuerzo y la lucha contra la adversidad, somos como aquellas truchas de fácil captura. La cosa es peor cuando chicos y grandes estamos encerrados en las redes sociales, viviendo un mundo virtual “inexistente”, viviendo en la superficialidad. No debemos olvidar de que la vida es lucha, esfuerzo, sacrificio… y que precisamente aquí se halla la felicidad. Dicen que los soldados heridos son los que realmente batallaron contra el enemigo, cayeron y se levantaron tantas veces. Sin exigencia y sin sacrificios, es imposible que el ser humano sepa enfrentar la vida. (Tomado del libro “Relatos del Ampay… y de otros cerros”, págs. 165-167).