Roque, el águila y la nada
Cuando era niño, Roque solía observar cómo las águilas, desde las quebradas situadas debajo de Arkawa y Tapaqera, desde las profundidades de Tinkoq, aprovechaban las corrientes de aire y, volando en espiral, ascendían hacia los cielos de Huancarama. Ya planeando en las alturas, miraban cara a cara al mismo sol, persiguiéndolo libremente en el infinito azul. Roque las envidiaba. Las imaginaba contemplándolo todo desde las alturas, con una visión panorámica, mientras que él, desde la tierra, apenas podía ver parcialmente lo inmediato. En una ocasión soñó, Roque se quejaba de tener problemas y falencias, pero un águila real le enseñó el valor irrepetible de cada instante y, si se actúa con prudencia, incluso el de las cosas negativas. Las águilas, conocedoras de las alturas y de los precipicios, necesitan del espacio libre y vacío para enfrentarse a los vientos, a los tornados y a los huracanes. Si se me permite decirlo, la “nada”, la presencia del no-ser, permite volar a las aves, a los aviones y también, de alguna manera, a los seres humanos, impulsándolos a alcanzar metas altas, incluso la excelencia. Resulta que Roque temía los vacíos y las carencias de la vida. Solía avergonzarse de sus errores y pecados, principalmente de aquello que había perdido y de cuanto había omitido por negligencia y ociosidad. En aquel sueño, el anka de su pueblo le enseñó que el vacío y la “nada” podían convertirse en medios necesarios para volar. En una ocasión, en la cabecera de la pequeña chacra de Wayanakuy, ya almorzado y antes de emprender el trabajo de la tarde, Roque dormitaba. En su sueño, un águila voló hacia él lo llevó hasta la cascada de Manzawayqo. Lo dejó reposar junto a una roca y comenzó a hablarle: —Roquecha, miras demasiado tus heridas y tus carencias. Crees vanamente que tu vida sería más hermosa si nada te faltara y si en todo estuvieras ya hecho. —¿No sería mejor? El anka se posó sobre la roca, cerca de la catarata y abrió solemnemente sus alas. —Mira detrás de mí. ¿Qué hay? —¡El abismo, la catarata! —Exactamente. Para ti es un vacío mortal y temes caer en él. Sin embargo, para nosotras, las águilas, ese mismo vacío es el medio necesario que nos permite volar. En su sueño, sin palabras, Roque intuyó que la presencia del no-ser —la presencia del mal— no necesariamente era negativa. En efecto, Roque, también ahora, es un ser muy limitado. Pero justamente porque se encuentra incompleto, todavía puede: puede forjar su personalidad y hacerse más humano, cada vez más él mismo. El tiempo de vida que le queda en este mundo debe emplearlo, sobre todo, para amar más, difundir el bien y lograr que los demás sean mejores que él. —Si fueras perfecto y estuvieras ya completamente hecho —decía el anka desde la roca—, ya no tendrías nada que hacer ni ningún camino que recorrer. Si desde el momento de nacer ya supieras todo y lo poseyeras todo, tampoco tendrías nada que desear... Sí, está bien llamar imperfecciones, errores y falencias a aquello que experimentas como carencia, pero son también parte de tu condición que posibilita que llegues a ser tú mismo —¿Puedes explicarme cómo es eso? A veces creo que soy un error y que tal vez la vida tenga poco o ningún sentido. —En el fondo —sentenció el anka—, cuando nacemos, la vida humana es como un desierto de ausencias, silencios y soledades, de mucho frío y mucho calor, lleno de vacíos y peligros. Parece que el desierto es muy poca cosa; pero justamente ese desierto de tu ser es el lugar del descubrimiento y del crecimiento. En efecto, allí donde tú, Roque, descubres tu existencia como incompleta y comprendes que todavía todo está por hacer, es precisamente donde descubres, que, poniendo esfuerzo y entrenamiento, puedes lograr completarte. Ese ejercicio de llegar a ser tú mismo, parece mentira, es una dedada de felicidad. —Está bien, amigo Anka. Desde ahora intentaré descubrir lo positivo que puede encerrarse en lo negativo. Pero…, dime la verdad: ¿No te parece que estoy desvariando con mis tontas preguntas? —No, Roque, tu finitud no es un defecto de fábrica. Tú vida es un don, pues tú no te diste el ser: eres criatura y no creador. Pero justamente por eso, la presencia del no-ser en tu vida y en el mundo señala aquello que te falta y, al mismo tiempo, abre dentro de ti un espacio para el otro, para el amor y, finalmente, para Dios. Cuando Roque despertó de su sueño, los mosquitos negros y torpes se habían dado un verdadero banquete y lo importunaban, molestos. Entonces se dijo a sí mismo: —Roque, no te enfades por tus vacíos. Algunas cosas, las cosas buenas, solo pueden entrar en ti si antes estás vacío o te has vaciado. Solo así podrás experimentar lo hermoso que es el encuentro, precisamente porque antes has creado dentro de ti un lugar para recibirlas. Seguidamente, Roque se acercó al precipicio. Lo contempló largamente y entendió que la vida, precisamente por sus carencias, era la realidad más hermosa que le había sucedido. Al rato, cuando llegó a casa, o, mejor dicho, a las ruinas de la casa donde había crecido, sintió profundamente la ausencia de los suyos. No estaban ni Lico ni Lachi. Pero comprendió que ellos lo miraban con gozo desde esa eternidad hacia la cual también él se estaba encaminando…