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Qhaswas: rito hecho canción en T’ikapallana
Publicación: lunes, 02 de febrero de 2026

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Qhaswas: rito hecho canción en T’ikapallana

Qhaswas: rito hecho canción en T’ikapallana

Las qhaswas en T’ikapallana, esa forma ritual y festiva del canto andino que no solo celebra, sino que transforma. La qhaswa no es simplemente música: es rito, es tránsito, es la voz de la comunidad hecha canción. En ella, la alegría no es superficial: es profunda, a veces dolorosa, a veces sanadora. Canta lo que las palabras callan y lo que la historia oficial ha silenciado. Desde el momento en que aparece un caballo en la escena, ya estamos frente a un signo del mestizaje. El caballo —animal ajeno a las pampas andinas antes de la colonia— irrumpe en el imaginario indígena no como imposición pasiva, sino como símbolo de un nuevo orden complejo: la fusión de dos fuerzas, la ibérica y la andina, que se entrelazan en sus canciones, que es al mismo tiempo memoria, duelo y afirmación. Por eso, las letras de estas qhaswas se cantan en castellano y en quechua: dos lenguas que se enfrentaron, se resistieron, se tocaron... y finalmente, se resignificaron en la voz de un pueblo que canta para no olvidar. Las qhaswas en el T’ikapallana son una confesión íntima del joven que cruza el umbral hacia la madurez. En la pampa de Tikapallana ya no está mamá, ya no está papá. “Solo en ti tengo esperanza, caballito”, se escucha, casi como un susurro. No es un abandono: es un rito de paso. Es el reconocimiento de la orfandad simbólica que implica crecer, amar, formar parte de otro ciclo. Pero el caballo no está solo. Representa la fuerza del ayllu, del colectivo, de la comunidad que sostiene sin hablar, que acompaña sin estar físicamente presente. Es la fuerza que empuja al joven casamentero a continuar, a afirmarse. El caballo es también el cuerpo de la música, el ritmo de los pasos en la tierra, el pulso del corazón de quienes bailan, ríen, lloran, viven. En su trote se encarna la pertenencia. La colectividad aquí no es un fondo: es protagonista. La qhaswa no existe en soledad. Se canta con otros, se danza en ronda, se comparte. Cada verso lleva consigo la voz de los que estuvieron antes, y cada eco resuena en las infancias que hoy crecen rodeadas de estímulos ajenos a su territorio. Por eso, debemos seguir cantando; para devolver a esos guardianes de cultura viva ese hilo invisible que las conecta con su lengua, con sus símbolos, con sus paisajes sonoros y afectivos. Porque solo a través del canto compartido, ese que huele a tierra mojada, a chicha dulce, a lana recién esquilada, podemos reconstruir el imaginario colectivo. Porque solo en la música, con su poder para abrir puertas entre mundos, puede caber lo que la historia dejó al margen. T’ikapallana no enseña, recuerda. No impone, convoca. Y lo hace con los colores de los trajes festivos, con el sonido de flautas y tinyas en las alturas, con la fuerza de un caballo que corre libre por la pampa, llevando en su lomo el peso dulce de la memoria viva. Las qhaswas en T’ikapallana, esa forma ritual y festiva del canto andino que no solo celebra, sino que transforma. La qhaswa no es simplemente música: es rito, es tránsito, es la voz de la comunidad hecha canción. En ella, la alegría no es superficial: es profunda, a veces dolorosa, a veces sanadora. Canta lo que las palabras callan y lo que la historia oficial ha silenciado. Desde el momento en que aparece un caballo en la escena, ya estamos frente a un signo del mestizaje. El caballo —animal ajeno a las pampas andinas antes de la colonia— irrumpe en el imaginario indígena no como imposición pasiva, sino como símbolo de un nuevo orden complejo: la fusión de dos fuerzas, la ibérica y la andina, que se entrelazan en sus canciones, que es al mismo tiempo memoria, duelo y afirmación. Por eso, las letras de estas qhaswas se cantan en castellano y en quechua: dos lenguas que se enfrentaron, se resistieron, se tocaron... y finalmente, se resignificaron en la voz de un pueblo que canta para no olvidar Las qhaswas en el T’ikapallana son una confesión íntima del joven que cruza el umbral hacia la madurez. En la pampa de Tikapallana ya no está mamá, ya no está papá. “Solo en ti tengo esperanza, caballito”, se escucha, casi como un susurro. No es un abandono: es un rito de paso. Es el reconocimiento de la orfandad simbólica que implica crecer, amar, formar parte de otro ciclo. Pero el caballo no está solo. Representa la fuerza del ayllu, del colectivo, de la comunidad que sostiene sin hablar, que acompaña sin estar físicamente presente. Es la fuerza que empuja al joven casamentero a continuar, a afirmarse. El caballo es también el cuerpo de la música, el ritmo de los pasos en la tierra, el pulso del corazón de quienes bailan, ríen, lloran, viven. En su trote se encarna la pertenencia. La colectividad aquí no es un fondo: es protagonista. La qhaswa no existe en soledad. Se canta con otros, se danza en ronda, se comparte. Cada verso lleva consigo la voz de los que estuvieron antes, y cada eco resuena en las infancias que hoy crecen rodeadas de estímulos ajenos a su territorio. Por eso, debemos seguir cantando; para devolver a esos guardianes de cultura viva ese hilo invisible que las conecta con su lengua, con sus símbolos, con sus paisajes sonoros y afectivos. Porque solo a través del canto compartido, ese que huele a tierra mojada, a chicha dulce, a lana recién esquilada, podemos reconstruir el imaginario colectivo. Porque solo en la música, con su poder para abrir puertas entre mundos, puede caber lo que la historia dejó al margen. T’ikapallana no enseña, recuerda. No impone, convoca. Y lo hace con los colores de los trajes festivos, con el sonido de flautas y tinyas en las alturas, con la fuerza de un caballo que corre libre por la pampa, llevando en su lomo el peso dulce de la memoria viva.

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    Chaski
    EDITOR