No podemos quemar aquello que decimos venerar, la Pachamama
Para el pensamiento andino, las montañas, nevados, la tierra, son considerados según la cosmovisión andina, seres superiores, que cumplen un rol protector y generan un equilibrio en la naturaleza, por esta razón los pueblos andinos (ayllus) le rinden ofrendas y rituales, realizan entregas de pagos a la Pachamama o el Haywaricuy. Según la crónica de Pedro Pizarro en su obra “Relación del Descubrimiento y Conquista de los Reinos del Perú” narra lo siguiente: “El Inca Atahualpa nunca escupía en el suelo. Cuando tenía la necesidad de gargajear o escupir, una de las mujeres o princesas principales de su entorno extendía la mano abierta para que él escupiera en ella”. La razón detrás de este hábito, al ser interrogado por los españoles sobre este comportamiento, explicó que lo hacía “por grandeza” (es decir, por su estatus de divinidad y majestad). El suelo se consideraba sagrado (la Pachamama) la saliva del Hijo del Sol no podía tocar directamente la tierra de forma descuidada. Según el cronista e historiador Inca Garcilaso de la Vega, en sus comentarios Reales de los Incas, refiere a la tierra como Madre Tierra, considerada divinidad por ser proveedora de alimentos. Además, que la Pachamama y los Apus vive pegado al sentimiento del hombre andino, mantiene una conexión espiritual por sus posibilidades creadoras y fetal. La Pachamama tiene vida, siente, está cargada de conciencia y según las personas mayores, que mantienen las costumbres ancestrales, todavía conservan esa sabiduría y la convierten en herencia cultural; por ejemplo, dentro de la cosmovisión y erudición andina; esta prohibido arrojar sal a la tierra, porque es considerado un acto de agresión y profanación a la Pachamama (Madre Tierra), esto se fundamenta en que la sal, causa dolor y quema la Pachamama, la sal actúa como “acido” que lastima espiritualmente su cuerpo, provocándole padecimiento, Asimismo; la sal esteriliza los campos de cultivo de manera permanente, atentando el principio básico de la tierra (dar vida y alimento), por esta razón la sal no forma parte de los despachos o el Haywaricuy. Lo propio, esta terminantemente prohibido arrojar agua hervida a la tierra, se considera un acto de quema, que lastima y violenta físicamente la Pachamama, por esta razón en muchas localidades rurales se les enseña a los niños no realizar dicho acto. Otros actos considerados atentatorios y ofensivos a la Madre tierra son: - Tomar recursos innecesarios o en exceso para alimentar la codicia humana, afectando el ecosistema. - Iniciar la siembra sin permiso o excavar sin autorización. - Arrojar grasa vegetal o aceite usado al suelo - Beber sin convidarle primero a la Madre Tierra (No challar) - Contaminar puquiales (manantiales) o ríos. Ante esta fundamentación cronística, histórica y por tradición oral; los incendios forestales son considerados el agravio más grave a la Madre Tierra, es el mayor atentado criminal al ecosistema, es el dolor más profundo, es la tortura física y el colapso del equilibrio de la Pachamama. Con los incendios forestales, se esta provocando todo un desastre ecológico irreparable, no solo se esta matando a la Madre Tierra, sino se esta quemando a sus hijos (flora y fauna), se esta calcinando sus raíces, dejándola desnuda, herida, estéril y totalmente desprotegida del sol y las lluvias, de ahí, el calentamiento global y la erosión del suelo. Esta masacre medio ambiental constituye la mayor ofensa del hombre a la naturaleza, de las cuales las consecuencias espirituales es que la tierra esta molesta y enfadada; y como respuesta a esta agresión, la tierra niega sus frutos, se produce sequías, plagas, heladas, los manantiales cambian de rumbo o desaparecen, el hombre del ande pasa hambruna, necesidad y esta rodeado de desgracias en su agricultura y ganadería. Ante ello, es importante tomar conciencia de la conservación y cuidado del medio ambiente, es esencial que el conocimiento ancestral sea transmitido a nuestros hijos, para que puedan entender el valor primordial de la Madre Tierra (Pachamama). Finalmente nos corresponde volver a mirar a los cerros, montañas, nevados, ríos, bosques, como los que son, no solo proveedora de recursos, sino como seres divinos protectores y por un acto de reciprocidad merecen ser cuidadas, porque son parte de nuestra historia, cultura, tradición e identidad